El lector intransigente

Como editor, me topo con un montón de críticas de mis libros, probablemente más que si me dedicara sólo a escribir.

Entre estas hay, claro está, críticas negativas, pero esas no me importan. Bueno, no es verdad, sí me importan, y muchas veces me afectan, pero son gajes del oficio y hay que tragarlos con naturalidad. A veces la mala crítica es cuestión de gustos y poco puedes hacer, otras viene argumentada con más o menos tino… Pero hay unas en las que siempre me pongo de mal humor y de las que prefiero mantenerme alejado: las críticas despreciativas.

Tengo la personal impresión de que buena parte de los lectores de hoy en día andan siempre tras «la gran obra de tu vida», ese libro que lo lees y todo cambia para siempre. Esto no es nada malo, lo malo es cuando convertimos ese anhelo en el objetivo permanente de la lectura. Sólo queremos leer libros que pasen a engrosar la larga lista de «grandes obras de tu vida», y todo lo que no sea trascendental y marque un antes y un después se lo mira por encima del hombro, como si fuera un error de la naturaleza y quizá no debiera existir. El lector que se encuentra con uno de esos libros que NO forma parte de las «grandes obras de su vida» lo trata con extrañeza, sin comprender muy bien qué hace eso aquí y por qué alguien no lo ha quemado antes, impidiendo así hacerle perder su precioso tiempo con esa basura.

Bien, igual suena algo dramático, pero os puedo prometer que he visto, más o menos velada, esta actitud en más de una ocasión.

Me da la sensación que buena parte del público no logra (ni quiere) comprender cuál es el fin de esas obras que no cambiarán su vida. No alcanzan a entender que se haya creado algo que no vaya a suponer un espectacular cambio de su existencia. No pueden intuir que cumplan únicamente una función lúdica; que, a pesar de que no traten grandes temas, están elaborados con mucho cuidado y atención, con un saber hacer que es probable que no se encuentren en muchas de esas «grandes obras de su vida»; que, a pesar de su aspecto liviano y de baja implicación, pueden contener importantes reflexiones, provocar otras perspectivas, despertar una enorme empatía y, sobre todo, generar un hábito lector que escasea enormemente en una sociedad bombardeada por unas alternativas lúdicas mucho más ágiles, espectaculares y fugaces que coger un libro.

Igual que reclamo a los maestros que fomenten la lectura entre sus alumnos no con grandes hitos de la literatura (tan infumables para los pequeños que lo único que consiguen es alejarlos de las páginas, volviéndolos incapaces de ver entretenimiento en algo que contenga papel) sino con libros divertidos y sencillos, que hagan alcanzable el concepto de «leer por diversión», reclamo al público general que no se obceque en menoscabar esas obras de (aparente) menor calado, pues, al igual que las pequeñas y medianas empresas, son las que conforman un entramado fundamental para el discurrir de la cultura y la evolución de todos esos conceptos que nos llenan la boca cuando los usamos para reclamar a otros que hagan cosas, pero que olvidamos en cuanto nos toca a nosotros.

Quiero pensar, quizá, que, si la gente no convirtiera la lectura en un acto tan trascendental, cargado de dramatismo emocional, esfuerzo y miles de páginas concentradas en tremendos libros de aspecto imponente, sino en algo divertido, desenfadado, como quien pone la tele un rato o juega con la consola, quizá entonces la literatura no lo pasaría tan mal y hasta podríamos ver a algún autor que vive de ello. Y, aún más importante, la mentalidad general se volvería menos intransigente, no sólo con los libros sino con el resto de la vida, actitud que me temo que, según vamos asimilando los conceptos de democracia y libertad de expresión, paradójicamente, escasea cada vez más.

Es por ello que reclamo en este post un lector más abierto y menos implicado con las «grandes obras de su vida», «grandes hitos de la literatura» o «los clásicos que te cambiarán». Hay que leer de todo y hay que leer mucho, y hay que tratar de convertirlo en un entretenimiento más. Y un lector que se considere lector de verdad, jamás debe mirar a un libro y despreciarlo por ser «sólo para entretener», especialmente si está trabajado (y un lector de verdad debería saber apreciar esto), .

Porque, amigos, y aquí hay una gran verdad, un escritor, aunque sea talentoso, nunca comienza con una GRAN obra, sino con cosas ligeras, fáciles y quizá simplonas. Y si nadie lee esas obras ligeras, fáciles y simplonas, y, no sólo eso, sino que además las desprecia, entonces el escritor dejará de escribir, y así jamás llegará a hacer esa gran obra que, ahora sí, quizá cambie tu vida para siempre.

Ya oigo a algunos decir «sí, si los escritores tienen que practicar. Pero que no lo hagan conmigo, que lo hagan con otro. Para mí un corte de calidad». Bien, supongo que es lo mismo que dirán si un aprendiz de peluquero quiere practicar con ellos. Que le corte a otro. Que le compre y le lea otro. Qué gran gesto. Muy comprometido por su parte. Larga vida a la lectura egoísta. A mí me parece estupendo; ahora, que luego no os oigamos quejaros de lo mal que va la literatura y os pongáis de postureo estúpido. Porque entonces os mandaremos derechitos a la mierda, y con razón.

2 Comentarios

  1. Axel A. Giaroli
    febrero 9
    Responder

    Dicho de otra forma: no te conviertas en el típico «lector pedorro y gilipollas».
    Muy de acuerdo con vosotros y un artículo magnífico.

  2. Alex
    febrero 12
    Responder

    Muy bueno, Jorge. Un saludo!

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